Por Guadalupe Prieto
Después de recorrer más de 5.000 kms durante 40 días en ese país, una invitación compartida para recorrer en cada vuelta de esquina el encanto, la historia y la cultura de Vietnam y su gente.
Los viajes siempre estuvieron en mis pensamientos, ya sean escapadas de fin de semana por las sierras, en los 15 días de vacaciones laborales o simplemente con la imaginación.
A veces, solo necesitás cuestionarte las cosas para hacer un cambio de vida y eso fue lo que me paso.


Después de 14 años de vida corporativa, me animé a dejarlo todo y empezar a viajar. Siempre había soñado con viajar sin pasaje de regreso y así fue como cambié la rutina de la oficina por una ruta, sin mucha planificación pero con infinitas expectativas.
Tenía mil destinos en mente, pero me decidí por Asia, el sudeste Asiático y si bien visité Tailandia, Malasia y Cambodia, ¡me enamore de Vietnam!
En mi mente, Vietnam estaba relacionado con la guerra. Sí, la guerra de Vietnam y todas las películas que habían pasado por mis ojos sobre este tema. Hoy, después de 40 días en Vietnam, esa imagen ya no existe. Es un país con un mix ideal: lleno de paisajes increíble, comidas deliciosas, personas maravillosamente amables y una vida cultural muy rica, fruto de muchos años de invasiones de países de fuertes culturas, como China y Francia
Mi primer destino fue Ho Chi Minh, antigua capital de Vietnam, una ciudad caótica como pocas. Ahí comencé a entender la cocina vietnamita, sus sabores y cómo se organizaba. Me refiero a cómo se organizaba porque hay pocos restaurantes como los conocemos en occidente y los que existen son más que nada para turistas. La cocina en Vietnam se estructura en puestos callejeros o pequeños locales, donde se ofrecen dos o tres platos por lugar (y a veces solo uno). Tienen casi todo listo y en cuestión de 10 minutos tienen tu plato. La base gastronómica es el arroz, en grano o en fideos y casi siempre tiene un caldo (hay pocas comidas secas). Abundan las Pho, una sopa que puede llevar de todo: carne de vaca, cerdo, pollo, mariscos, fideos de arroz, arroz, hígado, ¡variadísima y superrica! Un detalle de color: ellos incluso la toman en el desayuno, algo impensable para nosotros.


En Ho Chi Minh también surgió la aventura: decidí comprar una moto y recorrer el país de sur a norte. Fue una experiencia increíble en la que realmente conocí al pueblo vietnamita.
Visité los mercados flotantes de Can Tho, donde cada mañana desde el amanecer cientos de pequeños barcos se acercan a un punto del delta del río Mekong, a ofrecer sus productos. De barca en barca van pasando la mercadería y cada uno expone en lo alto de un palo, en el medio de su embarcación, los productos que ofrece.


Me maravillé con las montañas y cascadas de Dalat, en el centro de Vietnam, con sus plantaciones de caucho, té, viñedos, café y, por supuesto, arroz. En esta etapa hice parte de la famosa ruta de Ho Chi Minh, construida durante los años de la guerra contra EEUU, para dar abastecimiento desde el norte a los ejércitos que luchaban en el sur (ocupado por EEUU). Ho Chi Minh es un ex presidente emblemático en la vida de cualquier vietnamita, ya que dedicó su vida a la liberación del pueblo y sentó las bases del crecimiento económico y cultural que aún hoy están en vigencia. Es adorado por su carisma (lo llamaban “el tío Ho”) y por su trabajo hombro a hombro con el pueblo.


Tuve mi tiempo de relax en las playas desiertas de Quy Nhon, tan desiertas que solo hay pescadores y hasta vacas en la costa, algo que jamás había visto en mi vida.
Pasé por la bella Hoi An, con sus farolitos de colores, sus casas de antiguos mercaderes chinos y sus exquisitas comidas. En Hoi An se arrojan canastitas de papel con una vela al rio para pedir deseos.

Gracias a este ritual, todas las tardecitas, el rio se ilumina por los cientos de deseos que los turistas y locales piden.
Llegar a la imperial Hue es entender el pasado de influencia China en Vietnam, con su ciudad imperial amurallada llena de historia, que a cada paso deslumbra por su arquitectura y sus costumbres. En parte fue destruída por los bombardeos de EEUU, pero de a poco se va reconstruyendo, para recuperar tan valioso tesoro.

Tam Coc, un lugar de cuentos, con sus montañas de piedra caliza rodeadas por ríos y llena de cuevas navegables. Tomar un barquito con un habitante local para recorrerlo es maravilloso, solo se escuchan los golpes de los remos en el agua y la brisa del río. Y si hablamos de remos, la mayoría de los locales reman con los pies, ¡algo increíble cuando lo ves con tanta habilidad y destreza! La maravillosa bahía de Halong, escenario de más de una película, es un lugar donde el mar se mezcla con formaciones rocosas únicas, que dan una belleza inigualable. Navegarla desde temprano por la mañana es una experiencia imposible de perderse, al igual que subirse a un kayak y pasar por los pequeños canales y las cuevas que se forman.
Llegar a Sapa en moto es inigualable, de a poco van a apareciendo las montañas y sus terrazas de cultivo y poco a poco vas quedando rodeada de ellas. Son miles, entre pueblos y ciudades, inundadas de agua para el cultivo o ya verdes para la cosecha. Desde Sapa hice un camino hasta la frontera con China en la que realmente se convive con la gente del campo. Su trabajo es durisimo, todo a cuerpo y bajo todas las condiciones climáticas, pero no descansan y crean un paisaje único con su trabajo rural.


Programé mis días para llegar un domingo al colorido mercado de Bac Ha, donde ocho de las más de 50 etnias de Vietnam se reúnen desde muy temprano. El mercado está dividido en zonas, según el producto que se vende: están los de ropa, calzado, semillas, frutas, verduras, pollos, comidas, ferretería, y hasta perros y bueyes. El color de las vestimentas de los aborígenes junto a los de cada puesto, es algo hermoso de ver y una postal típica que sorprende es la de las señoras llevando de la correa a sus bueyes recién comprados.
Por último, llegue a Hanoi, emblemática capital de Vietnam. Tuvo mucho menos influencia francesa y eso la hace más auténtica. En sus callecitas del barrio viejo se vive como en los pueblos, con esos recovecos que no te cansas de recorrer. Plagada de mercados y con un comercio organizado por calles, cada una de ellas está dedicada a un rubro: está la calle de los electricistas, de los tapiceros, de las mercerías, de los productos de bambú, de las librerías y así cada una. Hanoi es una ciudad que alberga el mausoleo al entrañable Ho Chi Min y el templo de la literatura, que surgió como templo en honor a Confucio y terminó siendo la primer universidad de Vietnam. Con su lago en el centro que reúne a locales a toda hora, por la mañana bien temprano la gente va a practicar Tai Chi o por las tardes a
refrescarse con una Bia Hoi (la cerveza tirada de Vietnam).


Me llevo millones de colores en mis retinas, de sus paisajes, de sus calles, de sus mercados, de sus comidas, de sus coloridos trajes y de sus etnias.
Fueron 40 días, 5.218 kms, miles de emociones, millones de sonrisas e infinitos aprendizajes de este maravilloso pueblo.
Un pueblo con una resiliencia inimaginable, que sabe sonreír, sabe ayudar, a todo lo resuelve con mucha inteligencia y siempre va hacia adelante. A los miles de años de invasiones de todo tipo supieron capitalizarlo de una manera sin igual y hoy están en la lista de los países que más crecimiento tienen del mundo, cifras que muchos miran. Definitivamente, yo me quedo con el ranking de personas serviciales y alegres, en el que seguramente están en la cima.
No sé si volveré a Vietnam, pero sé que este país se va a quedar en un lugarcito especial de mi corazón viajero.

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