Verónica Yrio es la fundadora de “Muchos milagritos hacen un milagro”, la organización encargada de que más de 2000 “peques” con capacidades especiales puedan celebrar el Día del Niño. Rumbo a la década de esta iniciativa, extenderá su impacto creando una red que cubra las necesidades de los niños durante todo el año. La historia de una madre con vocación de servicio.

Por Sol Aguirre
Foto Federico Rodríguez

“Yo volví a nacer hace 18 años. Desde ahí, soy otra, tengo dos fechas de nacimiento”, confiesa emocionada Verónica Yorio, quien resurgió junto a su hija, Milagros.

“Ese renacer estuvo vinculado con la llegada de mi primera hija, que nació a sus cinco meses. No olvidaré cuando apenas la vi: era del tamaño de un celular, pesaba 600 gramos. No abrió los ojos hasta los 21 días. Esas circunstancias hicieron de ella una persona especial”, comenta.

A partir de ese momento y con los acontecimientos venideros, Verónica afirma, convencida, que tuvo una revelación trascendental. “Descubrí mi misión, lo que sería mi máxima motivación en la vida: tender un puente hacia la discapacidad, que la gente vea al niño antes que a la discapacidad, ese es el milagro de amor”.

La búsqueda de Verónica tuvo un momento clave: el cumpleaños de Milagros. “Celebrábamos su cumple en el colegio, el Instituto del Lenguaje y la Audición Córdoba (ILAC), y todos los años los chicos esperaban ese momento de festejo, lo vivían con mucha felicidad. Entonces, pensé en un festejo para todos y desde entonces organizo el festejo del Día del Niño bajo el nombre ‘Muchos milagritos hacen un milagro’”. Verónica es ingeniera en sistemas, pero la necesidad de acompañar en el día a día a Milagros la hizo reconfigurar su vida profesional como productora de eventos. “Por mi trabajo, pude tender los primeros puentes para el festejo, que desde que lo imaginé, ya sabía cómo quería que fuera: un momento mágico, el ‘Disney’ para los niños especiales”.

La primera fiesta dibujó una sonrisa a 90 niños y ahora es un proyecto con vuelo propio: incluye la felicidad de 2000 “peques” de la ciudad de Córdoba y alrededores junto a sus docentes. “Es un evento que genera una emoción que se contagia, una celebración que a los docentes los renueva mucho. El crecimiento se dio gracias a un esfuerzo sostenido durante nueve años consecutivos de todos los que estamos involucrados en la causa [con ella y su marido a la cabeza de la organización] y el acompañamiento imprescindible de los sponsors, que donan desde los caramelos para las sorpresitas hasta los juguetes que sorteamos. Es maravilloso lo que se da. La bandera es el corazón”, describe Vero.

Rumbo a la década, el evento, que ya es un ritual en la agenda cordobesa, fue declarado de interés provincial y se incluyó en el proyecto gubernamental “Amijugando”. Además, gracias a la colaboración de los sponsors, cuenta con identidad propia: logo, canción y la posibilidad -literal- de “ponerse la camiseta”.

Fundar un horizonte infinito

“Estamos haciendo las gestiones para ser fundación. Empecé el camino al revés, porque ya se ve el impacto de ‘Muchos milagritos hacen un milagro’. Esto abrirá nuevas puertas. La idea es que podamos ayudar todos y cada uno de los días del año, tender una red, un puente gigante”, adelanta ilusionada Vero.

Ahora, están generando el canal para el primer “milagrito”: Isabella, de cuatro años, es oxigenodependiente y necesita cubrir esa necesidad.

“Además, damos charlas destinadas al ‘alma gemela’ de las personas especiales, quienes las acompañan siempre. La idea es repetir y extender estos espacios de reflexión y crecimiento”, detalla Vero.

Sobre el futuro como fundación, admite que “será sin techo” e imagina que su otra hija, Delfina, de cinco años, continuará al mando de su legado. Emocionada, confiesa que cuando inició el primer festejo del Día del Niño no imaginó que el horizonte de “Muchos milagritos hacen un milagro” sería el de ahora: con posibilidades infinitas.