El periodista Lalo Freyre abrió las puertas de su casa y, con ello, su intimidad como padre. Entre mates y anécdotas, reconstruyó los mayores disfrutes y desafíos de su paternidad y los momentos más gratificantes y complejos que vivió con su papá.

Por Sol Aguirre/ tw: sol_aguirre

¿A qué edad comenzó tu paternidad?

Yo fui padre a los 26 años. Mi primera  hija, Laura, nació en el 83. Después, mi segundo hijo, en el 87.

¿Cómo viviste tu paternidad?

Cuando nació Laura obviamente tuvo toda mi ilusión y atención. Me acuerdo que hice unas tarjetas artesanales de bienvenida con acuarelas que repartimos entre amigos. Toda la familia quiere tener “la pareja”, la nena y el nene. Después estábamos felices con Nacho, porque llegó el nene.

¿Cuáles son los recuerdos que más te movilizan de los momentos compartidos con ellos?

Recuerdo de manera especial todos los fines de semana compartidos en la casa de sus abuelos, en Bialet Massé, y también en una casa de mis padres en Villa Carlos Paz. Los cargábamos en el auto y aparecíamos los fines de semana en uno de esos lugares. También los momentos en que jugaban en el patio de casa.

¿Y tus hijos qué recuerdan de manera especial?

Cuando les contaba cuentos. Me metía en la cama con ellos y les inventaba historias. Uno de los cuentos que les inventaba era del perro Don Gamberro. El cuento era sobre un perro muy pobre, que vivía en la calle pero quería ganarse un premio contando un cuento.

¿Cocinás para tus hijos?

Sí, yo les cocino. Tengo todo lo necesario para hacer cosas ricas. Trato de elegir buena materia prima, como hacen todos los buenos cocineros.  Tengo hongos de pinos juntados, secados y  envasados por mí. Con eso  hago una buena carne al horno, una buena pasta, un risotto. A esos hongos los humedeces, los hacés con una tostada de pan, un huevo frito, pimienta negra o con aceite de trufa.

¿Cuál fue tu mayor desafío como padre?

Uno de mis mayores desafíos fue cuando los dos estaban en el secundario. Ante la crisis del 2000, donde se cerraron fuentes de trabajo, mi esposa en ese momento se tuvo que ir a trabajar a Buenos Aires por medio año y tuve que asumir el rol de quedarme solo con ellos.

Algo así como un “superpapá”…

Sí, fue un gran desafío porque yo creo que la madre es insustituible. En un hogar y en ciertas épocas de la crianza no hay forma de reemplazar a una madre. Quizás cuando los chicos ya son más grandes, el padre sí puede asumir ciertos roles.

Si comparás esa versión inicial tuya como padre y la de hoy, ¿qué ves como diferencia?

Son etapas en la que uno les presta atención de diferente manera. Hoy mi hija tiene 34 y mi hijo 30. De alguna manera ya están andando solos. En muchas cosas piensan parecido a nosotros, en otras piensan absolutamente diferente. Yo me siento conforme por todo lo que les dimos. Justo ahora vamos a empezar con mi hijo Ignacio un pequeño taller de cocina. Por mi hija, me han invitado a un par de ceremonias de la Pachamama.

Hoy conecto con ellos a través de sus gustos, sus intereses. Disfruto de ver a mis hijos volar en la vida.

¿Cómo era el vínculo con tu papá?

Fue un vínculo que pasó por diferentes etapas, pero más bien distante. Mis padres me pusieron a los 12 años en un colegio de curas en Rosario, porque mi papá había hecho hasta tercer grado, vivía en un pueblo en el interior, en Alicia, y él era consciente de que la buena educación siempre iba a dar buenos resultados y tenía razón. Sufrí mucho porque era un niño de 12 años e hijo único. Fue un desarraigo muy fuerte pero me enseñó mucho.

¿Qué recuerdos tenés de él?

A mi padre lo valoro mucho ahora, a la distancia, porque aprendí a trabajar con él. Me enseñó lo que es la responsabilidad del trabajo. Mi primer trabajo fue barrer el escritorio de Casa Gilardone, el negocio de ramos generales de mi papá. Aprendí a escribir a máquina, a hacer la caja al final del día, a hacer el reparto todos los días con un camión para llevar las garrafas, las damajuanas con kerosene y otras cosas a la gente del pueblo. Eso también me sirvió en la vida.

¿Cuál crees que fue el legado de tu papá?

Mi padre se esforzaba para que fuera educado. Cuando sos chico, no tenés todas las luces prendidas para ser amable, pedir por favor, dar las gracias. Mi padre se enojaba conmigo cuando no hacía eso. Pero tanto fue el cántaro a la fuente que aprendí. Su temor debe haber sido que no quería que fuera “un nene de papá”, pedante, soberbio, agrandado

¿El vínculo con tu mamá cómo fue?

Hermoso. Yo me acuerdo que mi mamá me dio dos o tres clases de “comida esencial”, cuando me vine a Córdoba. Creo que tenía miedo que muriera de hambre (sonríe). De niño, los días de invierno, calentaba la cama con la estufa a kerosene. Con ella asocio los recuerdos de calidez del hogar.

Recuerdo también con tristeza que se murió muy joven, a los 57 años. Fue todo muy rápido. Fue la primera vez que sentí que la muerte me había pegado muy fuerte y muy cerca. Además, falleció de una manera similar a la muerte que después tuvo mi padre.

Son momentos que sacuden como hijo…

Sí. Mi papá se murió del mismo cáncer que ella, en 2013. Siempre pienso que me llevaré a mi tumba algo que no puedo explicar: los dos murieron de un cáncer con el que avanzó muy poco la ciencia médica. Se llama glioblastoma grado cuatro, es un cáncer primario de cerebro que solo se desarrolla ahí y no se hace metástasis en ningún otro lugar.

¿Cuáles fueron los momentos más complejos que viviste como padre?

Mis hijos no son problemáticos. Los momentos más difíciles fueron a partir de mi divorcio. Cuando te divorciás, la familia de alguna manera se parte o termina un ciclo. Eso fue un momento de tensión.

¿Te queda algo pendiente importante para hacer con ellos?

Sí. Siempre los  viajes son tentadores para hacer con los hijos y ése es uno de los pendientes.

Existe una idea popular vinculada a que la llegada de un hijo te hace mejor persona. Cuando vino tu paternidad, ¿lo sentiste así?

Uno aprende a ser padre. En mi caso, ser padre a los 26 años me confirmó que hay un montón de cosas que no sabía. Cuando lo miro a la distancia y pienso que capaz hoy, a la misma edad, un padre está mucho más sólido, tiene más información. Nosotros aprendimos  a ser padres por ensayo y error. Pero tuvimos la suerte que, cuando hay buena madera, los chicos aprenden a desenvolverse solos.

Tu profesión requiere de mucho tiempo. ¿Cómo equilibraste lo profesional con lo personal?

En nuestra época de crianza de los hijos, tanto yo como mi exmujer trabajábamos, pero así y todo nos hacíamos el tiempo para estar presentes.

¿Cómo era el momento en el que tus hijos te veían en la tele?

Para ellos soy una persona más, soy su padre. Pero te diría que no se han acostumbrado, porque ninguno ha seguido el camino del periodismo, entonces lo ven desde afuera.

¿Y cuando tu papá te veía en la tele?

Cuando a mi papá le dije que quería seguir la carrera de periodismo, no estuvo muy de acuerdo porque él tenía una visión muy práctica de la vida, pero me acompañó en la decisión. Y después, cuando me vio crecer en la profesión, estuvo orgulloso siempre. Una anécdota lo ilustra y me pasó  años después de que murió mi papá. Yo iba a lugares a hacer compras,  me preguntaban por él y me explicaban: “Te preguntamos porque siempre venía acá y nos decía que él era el padre del periodista de la tele”.

Su carta de presentación era ésa, que a mí me conocían. Y me imagino que lo decía con cierto orgullo, ¿no?

¿Cuál es hoy la satisfacción más grande que sentís como padre?

Indudablemente, siempre se puede ser mejor padre. Pero sí me siento conforme con haberles brindado a mis hijos en la etapa de crianza lo mejor que yo puedo darles. Mis hijos están por mérito propio en una posición en la vida que me gusta.

Mi rol de acompañarlos, sostenerlos, mimarlos y protegerlos está cumplido y de la mejor manera que he podido.

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