A sus veinte años, la periodista Flavia Irós compartió con dos amigas un viaje que la marcaría de por vida: con mochila y carpa al hombro, recorrieron el sur argentino y parte de Chile durante más de un mes. Las anécdotas de un viaje sin ataduras.

Por Sol Aguirre

Antes de consagrarse en el ámbito periodístico, Flavia Irós aprovechó sus días de estudiante para viajar. La modalidad elegida fue la que sintió que le daba mayor libertad y aprendizaje a sus veinte años: con mochila y carpa al hombro y haciendo dedo al costado de la ruta. “Tenía un espíritu terriblemente aventurero”, recuerda Flavia. Y ese espíritu fue compartido en uno de sus viajes con dos amigas más: junto a Natalia Funes y María Amanda Lucena recorrieron el sur de Argentina y parte de Chile durante un mes y medio.

 

 

Una mochila y miles de anécdotas

“En la mochila llevábamos tres remeras, un par de pantalones y poco dinero, pero queríamos hacer el viaje y en el trayecto nos rebuscamos para tener ingresos trabajando de distintas cosas. Recuerdo que en Las Grutas, por ejemplo, trabajamos de animadoras de boliche”, rememora Flavia entre risas.

El primer itinerario fue en el sur argentino: Las Grutas, Bariloche, San Martín, Junín de los Andes fueron algunos de los lugares elegidos antes de cruzar la frontera rumbo al país vecino.

“Siempre paramos en camping. Hacíamos competencia con los vecinos para ver quién armaba la carpa iglú más rápido. Esta apuesta era otra forma de conseguir dinero porque siempre ganábamos”, comenta.

Flavia sostiene que ese viaje y los que siguió haciendo como mochilera le permitieron conectarse con su segunda vocación, la de ser bióloga marina. “Viajar de esa manera genera un vínculo extraordinario con la naturaleza y con la gente”, destaca.

En ese marco natural y genuino, la amistad también se reforzó. “El ´código camping´ siempre resetea y refuerza la relación de amistad con la magia de las guitarreadas y los fogones conjuntos. Además, al aventurarnos a viajar despojadas de todo, tuvimos que adaptarnos a situaciones totalmente diferentes y apropiarnos de cada lugar. Eso generó anécdotas inolvidables y una retina emocional hermosa”, afirma Flavia.

Entre esas historias memorables, la periodista recuerda uno de los trayectos que el grupo de amigas hizo a dedo: “De San Martín a Junín de los Andes nos llevó ´el Willy´, un camionero. Fue nuestro primer viaje en camión. Willy era un personaje que nos contó miles de historias durante el camino y viajaba con un loro que repetía todo lo que decía. Nos llevó a un parador y ahí comimos lo que él llamaba ´el típico sándwich de camionero´.

Otra historia que las viajeras tienen guardadas en su retina emocional es ´el camping de Doña Rosa´, donde pararon en el Bolsón. “Teníamos una vista panorámica del lago. Desde ahí observamos uno de los cielos más estrellados de nuestras vidas. Además, nos hicimos amigas de unos baqueanos artesanos que nos mostraron rincones hermosos, como el Cajón del Azul”, recuerda Flavia.

Libertad, aventura y el sueño por cumplir

Ya en Chile, descubrieron en Reñaca la primera playa con arenas negras. En el país vecino vivieron lo que califican como la experiencia más impactante del viaje: “En Villarica escalamos un volcán en erupción de más de 3000 metros, una travesía que solo estábamos acostumbradas a ver en National Geographic. Fue una de las experiencias más bellas”. Después de ese trajín, el grupo de viajeras decidió cambiar por primera vez el camping por una hostería. “Ese fue el final del viaje. Aunque saltamos de felicidad arriba de las camas, también extrañamos el camping. Esa exaltación fue la síntesis de un trayecto colmado de libertad y aventura”, concluye Flavia.

Sobre la particularidad en la modalidad del viaje, Flavia resalta que “viajar sin ataduras y entre amigas no tiene precio. Te refuerza el carácter, te ayuda a convivir, a volverte más simple. Generamos un ambiente de unión y complicidad que nos genera una identidad propia como grupo de amigas”. Asimismo, cuenta que volver a viajar así la desvela, pero lo haría con una nueva acompañante: “Cuando mi hija Alma sea más grande, le quiero regalar mi mochila y me gustaría que viajemos juntas como mochileras. Sueño con que mi hija pueda vivir esta forma enriquecedora de viajar”.

8 COMENTARIOS

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