En un hecho que sería uno de los hitos científicos más destacados del siglo 20, nacía hace
40 años, en un hospital al norte de Inglaterra, Louise Joy Brown, la primera bebé in vitro
del mundo. Hoy, a cinco años de haber sido aprobada la Ley de Fertilización Asistida, se
practican más de 20 mil tratamientos por año y se les cumple el deseo a muchas parejas
que deciden iniciar la dulce búsqueda de ser padres.   

El Dr. Natalio Kuperman es especialista en medicina reproductiva y trabaja desde hace
30 años en Cigor (Centro Integral de Ginecología, Obstetricia y Reproducción), donde
en 1989 nació el primer bebé por FIV (Fertilización In Vitro) de la ciudad.
Mucha agua corrió bajo el puente y lo que entonces era conocido como Fecundación In
Vitro, hoy ha evolucionado hacia técnicas más complejas como la Fecundación In Vitro
con Icsi (Inyección intracitoplasmática de espermatozoides), a través de la cual el
espermatozoide es colocado dentro del óvulo con una pipeta y luego el embrión es
trasladado al útero. “Es lo que más posibilidades da en el menor tiempo posible. Y hoy,
con el tema de que todo tiene que ser rápido, nadie quiere estar años con estos
tratamientos”, indica Kuperman.
Aún así, existen pacientes que empiezan su peregrinaje por los consultorios
ginecológicos durante años hasta llegar a un centro especializado debido a
diagnósticos tardíos o equivocados, que puede ocasionar daños irreparables en las
parejas que buscan convertirse en padres. En ese sentido, Kuperman señala que “el
ginecólogo general a veces está informado y a veces no; y eso es una complicación ya
que la fertilidad de la mujer comienza a disminuir a los 35 años, tiene otra caída a los
37 y luego vuelve a caer casi definitivamente a los 40”.
En efecto, la edad ideal para extraer óvulos es la que va desde los 30 y hasta los 35
años de la mujer, puesto que la tasa de embarazo va disminuyendo. Si una mujer lleva
a cabo una técnica de fertilización asistida antes de los 35 años, tendrá una tasa de
embarazo de entre el 40% y el 50% cada mes. Pero si se practica entre los 35 y los 39
años, esa tasa caerá por lo menos entre 10 y 15 puntos.
“Después de los 40, las tasas de embarazo caen al 5%. Y si hablamos de 45 años, mucho
menos. Hoy, de todos modos, hay muchos más embarazos en mayores de 40, pero
porque son mujeres que han guardado sus óvulos o son ovodonaciones. Por eso lo
primero que pido es un análisis para ver la reserva ovárica, ya que si bien la edad es el
principal factor a tener en cuenta, la reserva ovárica es muy importante; si es buena,
probablemente logremos pacientes de 41 o 42 años que se embaracen”.


Si bien hoy todo se ha retrasado 10 años (una mujer de 50 años de hoy es la mujer de
40 de hace un tiempo), a nivel biológico seguimos teniendo los mismos óvulos que
tenían nuestras abuelas. Entonces, mientras ellas terminaban de tener hijos a los 25 o
30 años, nosotras recién empezamos a buscarlos.
“Por razones socioeconómicas y culturales, la búsqueda del primer hijo empieza
alrededor de los 31, 32 años y esa es la edad ideal, pero el problema que tenemos es
que la mayoría llegan aquí después de un promedio de cinco años buscando un bebé,
cuando un chequeo de fertilidad no demanda más de 15 días. Pero si el ginecólogo
general le dice a la mujer que la causa es masculina, sin haber hecho un espermograma de alta complejidad, o no le pide a la mujer una radiografía del útero y las trompas, o
un control de sus hormonas, no sabemos dónde estamos parados”.
El especialista sostiene que hay una desinformación general, que retrasa la detección a
tiempo de los problemas, lo que redunda en la eficacia o no de los tratamientos que
puedan llevarse adelante.
En cuanto a las causas, la infertilidad es compartida en partes iguales por varones y
mujeres: “Un tercio de las causas son masculinas puras, otro tercio son femeninas
puras y un tercio son mixtas; por lo tanto hombres y mujeres se ven involucrados en
dos tercios de las causas. Entonces al hombre se lo estudia desde la primera consulta,
se hace un espermograma con el que podemos hasta ver el ADN de los
espermatozoides, no se justifica que el varón no sea estudiado”.

Cuando la tiroides es causa de infertilidad
Cyntia Ziperovich, especialista en endocrinología ginecológica, advierte seriamente
sobre los problemas que las tiroides pueden causar sobre la fertilidad a la hora de
buscar un embarazo. “Yo veo pacientes por problemas de tiroides todo el tiempo; pero
no es lo mismo cuando vienen embarazadas o en busca de quedar; lo óptimo para los
pacientes con problemas de tiroides, es prepararlos para empezar a buscar ese
embarazo”, explica.
Sucede que muchas veces los hombres pueden tener problemas hormonales que
afectan a la fertilidad, entonces los estudios empiezan en las mujeres pero terminan
indefectiblemente en el varón. “Si yo pido un espermograma, me puedo encontrar con
ciertas alteraciones en los espermatozoides, que pueden ser hormonales. Desde
problemas en la tiroides, la prolactina alta, la obesidad, todo eso afecta mucho a la
fertilidad”.
La especialista reconoce que el 80% de las resoluciones son exitosas: “Siempre y
cuando tenga forma de resolverse. Si la mujer no tiene ningún óvulo no habrá forma de
quedar embarazada, pero se le pueden proponer alternativas, como un donante, por
ejemplo”.
Por último, advierte sobre la escasa información de los profesionales en ginecología
general: “Los ginecólogos muchas veces se quedan cortos en los estudios. Me llegan
pacientes a los que les hacen sólo análisis de sangre y no les tocan el cuello; entonces
vienen con problemas de tiroides que al ginecólogo se le pasó por alto. Por eso insisto
tanto en que hay que reconocer los límites de la práctica de cada uno y derivar llegado
el caso”.

Una búsqueda con final feliz
Marcela conoció a su marido a los 30 años (él tenía 32) y como la relación recién
empezaba, “no daba” para empezar a buscar un hijo, aunque ambos tenían el deseo de
ser padres en algún momento. Dos años más tarde se decidieron y emprendieron un
largo camino ya que les costaba mucho quedar embarazados.
Tras mucho recorrer, hacer consultas e interconsultas sin encontrar motivos
aparentes, se decidieron por la fecundación in vitro. “Yo no podía quedar embarazada,
esperaba un tiempo, probaba nuevamente, hacía una consulta, luego otra, pero no
encontrábamos ninguna causa; yo sé que existe un porcentaje de gente que tiene lo
que se llama esterilidad sin causa aparente, tanto del hombre como de la mujer, pero
no me resignaba”, recuerda Marcela.

Así, entre idas y vueltas, decidieron probar la técnica in vitro, cuando ya habían pasado
más de tres años. “Primero hice como cuatro inseminaciones comunes con un
ginecólogo, después fuimos a un centro de fertilidad; yo ya tenía 36 años. Pero con la
primera inseminación no nos fue bien, no funcionó. Luego hicimos otra en Buenos
Aires que también fracasó ya que ni siquiera llegué a formar un embrión, me sacaban
óvulos y se morían, así que nos volvimos de allá sin nada, devastados”.
Pero lejos de desunirlos, esas experiencias por las que tuvieron que atravesar (él
siempre al lado de ella) los unieron más que nunca.
Marcela y su marido dejaron que un año entero curara las heridas y volvieron a
intentarlo por última vez. “Me volvieron a sacar óvulos y me colocaron dos embriones
de los cuales uno prendió. Fue la felicidad absoluta”, recuerda.
De esa última experiencia nació su hija Julia, una pequeña niña que el mes pasado
cumplió 9 años.

La búsqueda de un hijo, ¿deseo o imperativo?
(Por Luciana Szrank, Lic. en Psicología, MP: 9484)

El deseo de ser madre o padre, ha de pensarse siempre en relación a cada subjetividad
de manera particular yen singular. Es en singular, ya que en cada uno esa opción se ve entrelazada a una historia de vida única e irrepetible, que cuenta de determinada manera y no sin consecuencias. Por eso, no es posible decir que todos buscan hijos con las mismas finalidades, tampoco por las mismas causas, ni con las mismas consecuencias.
Los avances de la ciencia y la medicina hacen que haya cada vez más maneras para tratar las dificultades reproductivas y son herramientas que por supuesto pueden brindar aportes pero no garantías, a las personas que, estando en pareja o no, decidan demandar una solución allí. Sin embargo, eso no impide que muchas veces las
personas vayan en búsqueda de esas garantías y se topen con grandes obstáculos. Hay ocasiones en que el deseo de hijo se torna en un imperativo y la búsqueda se
transforma en un empuje, una insistencia en algo que no cesa de no suceder y en torno
a lo cual no se deja de pensar y actuar, que influye en diversos aspectos de la vida personal y de la pareja, si la hubiere, e implica a los sujetos en el sufrimiento. En esos
momentos, en que el sufrimiento sobrepasa, que aparece la angustia o algún
sentimiento indeseado, puede resultar oportuno que se abra lugar a la pregunta de por
qué a uno le sucede eso en ese momento, para encontrar así un modo de arreglárselas
con eso, un modo menos sufriente y más pragmático.

La maternidad y/o la paternidad son posiciones, posiciones a las que se puede acceder
o no, por diversos motivos que pueden ser biológicos, corporales y/o afectivos; a su
vez, en torno a estas posibilidades se crean diferentes problematizaciones y soluciones. Cabe aclarar, que las soluciones no son necesariamente del orden del placer, algunas pueden ir por la vía del tedio, de la tristeza, de la ansiedad y por ende, del sufrimiento; mientras que otras salidas son las que toman el ingenio y apelan a recursos personales más vivificantes para atravesar las experiencias, las contingencias de la vida y sin hacer de ellas algo del orden de lo trágico. Podríamos decir entonces que cada sujeto es, a la vez, la solución que inventa contra y/o para sí mismo, respecto a lo que le acontece en la vida y en el cuerpo.

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