-¿Cambió en algo “Cosas de minas” ahora que todo parece ser… cosas de minas?

-Me animo mucho más a levantar la voz, a plantarme, a decir lo que me pasa, aunque todavía falta un montón. Lo que también cambió en el monólogo es donde ubico a la mujer. Me hago cargo que al principio la ponía en lugares que con los años entendí que no estaban buenos: hablaba de que éramos hinchapelotas, por ejemplo. Y luego pensé que no era yo, sino que al otro le faltaba reacción.

-¿Qué te hace reír? Porque es muy fuerte el mito del “payaso triste”, ¿es cierto?

-Soy como todo el mundo: tengo momentos de angustia y de buen humor. Lo que pasa es que, tal vez, alguien que te ve por primera vez tiene la expectativa que se la frustro porque soy normal en la vida cotidiana. La expectativa es del otro.

Sí creo, aunque no sé si todos los comediantes van a estar de acuerdo, que hay algo de sufrimiento que te hace dedicar al humor para hacer la vida más llevadera. Una persona muy feliz no se dedica a esto.

-No empezaste haciendo comedia, sino como locutora y periodista, ¿te generó algún conflicto ese viraje profesional o se dio con naturalidad?

-Quería estudiar en la UBA porque toda mi familia venía de ahí, con doctorados y esas cosas, pero no hubo manera. Empecé locución, me recibí, entré a un noticiero y en un momento me di cuenta que no era lo mío. Renuncié pero lo pensé mucho. Cuando me decidí por lo artístico, tal vez mi mamá me decía “¿pero cómo? ¿de qué vas a vivir, contando chistes?”.

-Y te fue bien.

-Es relativo. Todo el tiempo estoy viendo cómo evolucionar y crecer. No creo en la buena suerte, sino que vas laburando y pasan cosas, a veces te va bien y a veces no.

-Tu desarrollo coincidió con el del stand up que salió de circuitos más under y se instaló en lo masivo. ¿Te considerás una referente? 

-Cuando empecé en 2004 teníamos que explicar qué era: un monólogo sin cuarta pared. Y es cierto que 14 años después es todo más fácil pero estuve cuatro o cinco años sin ganar un mango, era mi hobbie mientras laburaba de cronista. Fueron procesos muy lentos que después, es verdad, que mucha gente se interesó y puedo vivir de esto.

-Son muchas las mujeres que hoy hacen humor en Argentina, ¿cambió la escena o siguen siendo los hombres los que llevan la batuta?

-Lo que pasa ahora es hermoso. Por ejemplo, estamos haciendo un programa que se llama “La culpa es de Colón” edición mujeres para Comedy Central, que siempre fue con hombres. Cuando nos lo propusieron fue con mucha inseguridad por parte de ellos. Y por otro lado, nosotras lo tomamos con naturalidad, es nuestro laburo desde hace años. Se presentan desconfianzas, pero cuando salimos a la cancha se dan cuenta que no importa el género.

-En una época donde la corrección política es muy fuerte, ¿hay algún límite para el humor?

-Es cierto lo de la corrección política, sobre todo en las redes sociales como cuando tirás un chiste y siempre hay uno que te dice que es una falta de respeto. Pero cuando sos humorista existe cierta impunidad para reírte, además, te metés primero con vos, entonces tenés ese permiso. Y sí, tengo un montón de límites. Hay cosas que de tan dolorosas, no les encuentro el sentido para bromear. Igual, si el otro se anima, me parece bien. No me horrorizo.

-Hace poco tuviste unas declaraciones respecto a tu relación -sobre que si viajan, todo valía- que generó muchas repercusiones. ¿Cómo te manejás con el hecho de ser objeto de títulos de revista del corazón?

-Tengo un don porque no me entero. Hago las notas y digo lo que se me ocurre en ese momento, porque no tengo mucho filtro. Tampoco me entero cuando me insultan. Vivo sin saber mucho de ese mundo.

 

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