Desde hace más de 50 años, Cheté Cavagliatto dirige y forma en la escena teatral cordobesa. Sus obras han tenido reconocimiento internacional, pero se enfoca en la identidad local. Afirma que en y con el teatro vive intensamente.

Por Sol Aguirre
Foto Federico Rodríguez

Cheté Cavagliatto asoma desde la cocina envuelta en el olor a café que nos sirve y, entre medio del humo de su cigarrillo, se distingue el gesto pasional de su rostro mientras se define en palabras: “Soy amante del arte”. Las paredes de la antigua casona que habita amplían sus palabras: están cubiertas por cuadros, bibliotecas de libros y, en un lugar protagónico, un piano de película. Su casa es como el arte: un oasis en la ciudad. Cheté comenta que es allí y en su segundo hogar serrano, ubicado en Villa Verna, donde respira letras, música, cine e inspiración teatral.

Potenciar creativamente desde la formación

Cheté recorre enérgicamente su casa escoltada por dos perros. “Mis alumnos de teatro y ellos son mis hijos”, afirma. Además de “madre” de muchos actores, ha sido una educadora con legado. Educar, según el “mataburros”, es “potenciar creativamente todos los resortes humanos del alumno” y Cheté ha enfocado su carrera en ello.

En 1968 fundó, junto a tres colegas, el Teatro Goethe. Pero su legado como fundadora teatral continuó en el tiempo: ella y su esposo, el escenógrafo teatral Santiago Pérez, fundaron la Escuela de Formación Artística Medida x Medida y el centro cultural del mismo nombre. “Formar gente ha sido una de las grandes satisfacciones. Lo que sembrás, vuelve. Estoy muy orgullosa de quienes fueron estudiantes nuestros. Ahora, ya son grandes y me gusta mucho cómo están trabajando. Eso ha sido más satisfactorio aún que los premios. Me da mucha alegría”, confiesa.

En cuanto a su impronta en el ámbito, consideró: “Me centré en aportar disciplina, técnica y teatro de texto, que es lo que yo sentía que estaba faltando en Córdoba. Había mucha teoría teatral, pero no existía un técnica que te permitiera trabajar distintos personajes, ser creíble”.

Hacer arte desde la identidad

Aunque su profesión le permitió viajar por el mundo y ganar becas internacionales, Cheté siguió eligiendo a Córdoba, su ciudad natal, como su lugar para crear y dirigir obras teatrales. “Me interesa hablar de nuestra idiosincrasia, con nuestra propia identidad, refiriéndome al marco político y social que vivimos en cada época”, afirma. Además, confiesa que “no ha sido fácil, en esta ciudad hacen falta políticas culturales y dinero para esas políticas, para que los artistas puedan crear de una manera más aliviada”.

Sus inicios en el teatro se dieron casualmente: “Terminé el profesorado en piano, mi destino era ese. Pero una vecina mía hacía teatro en un grupo independiente y yo la fui a ver. Me gustó mucho la dirección de actores. Me formé, como muchos en esa época, estando en un grupo de teatro independiente”.

Desde los años 60 hasta la fecha, dirigió y puso en escena más de cuarenta y cinco obras de teatro en nuestro país, Venezuela y Alemania, entre las que se destaca La divina comedia, de Dante Alighieri, obras de Kafka y Goethe.

A su vez, su trabajo y trayectoria han sido reconocidos con diferentes premios: en 1998, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, recibió la mención en el Premio Teatro del Mundo por su labor de difusión en nuestro país de autores alemanes contemporáneos; en 1999, fue declarada Ciudadana Ilustre por el Concejo Deliberante de la Ciudad de Córdoba.

Sobre el impacto de su labor en su vida, confiesa: “El teatro me dio todo lo que soy. Estoy muy contenta con mi vida y con mi historia. Siempre ha sido como una tabla de salvación. Me ayudó a crecer, a madurar, hasta a ser mejor persona y para mí eso es una vida intensa”.